miércoles, 15 de marzo de 2017

Elementos mágicos de poder


Los celtas, lejos de lo que hemos estado acostumbrados a oír de ellos, fueron un conjunto de pueblos con grandes valores. Gracias a los druidas, sus sacerdotes, vestidos de blanco, la sociedad celta alcanzó un elevado nivel cultural, tanto material como espiritual, que superó, en muchos casos, a las demás civilizaciones de su tiempo.

La medicina celta es puramente empírica, basada en los elementos, siendo los encargados de practicarla los druidas, magos que utilizaban todos los métodos que le proporcionaba la naturaleza. La orina humana la empleaban para cicatrizar heridas en la piel, aplicándola con un paño de tela. A estos magos de la curación se les llamaba "ensalmadores", al tener la propiedad de sanar enfermedades por métodos sobrenaturales, que después se llamarían curanderos, dioses, sanadores, etc., en las ancestrales tradiciones asturianas. Precisamente en el Principado de Asturias, la enfermedad llamada "mal del monte", conocida popularmente como mastitis o enfermedad de los senos, se curaba por la realización de cruces con un diente de lobo. Muchas de estas curaciones alcanzaban el mayor éxito tras haberse llevado a cabo un conjuro o adivinación entre el curandero y el enfermo, a través del fuego, por ello, a estos especialistas que facilitaban el canal de comunicación con las fuerzas del Más Allá, para obtener la respuesta al mal, se los llamaba pyromantes.

La glasopeda, conocida vulgarmente como el "mal de orizo", en los pueblos y concejos asturianos, era la forma de curar mediante un conjuro de magia simpática.

Los druidas, desde sus enclaves secretos de los bosques, recogían la fuerza de cinco elementos (agua, aire, fuego, madera y tierra), para un mejor uso de las necesidades del pueblo. Entre los galos, los manantiales eran divinidades que tenían sobre todo propiedades para curar las heridas y la de reanimar a los guerreros muertos en combate. De allí resulta que el agua es milagrosa, capaz de sanar enfermedades; así también aparece como medio de purificación.

En los ritos funerarios, los druidas, para liberar al difunto de las malas influencias, y que su viaje al Más allá fuera tranquilo y seguro, el agua y el fuego eran los elementos utilizados. Con el agua lustral se apagaba un tizón ardiente sacado directamente del fuego del ara de sacrificios; cuando la persona había fallecido en su casa, se colocaba en la puerta de la misma un gran jarrón lleno de agua lustral, agua que debía ser sacada de la fuente o pozo de una vivienda en la cual no hubiese ningún difunto. Y las personas que acudían al velatorio eran rociadas al salir de ella con esta agua.


En todos los textos irlandeses, el agua es un elemento bajo la atenta custodia de los sacerdotes druidas, únicos miembros de la sociedad celta que tenían el poder de atar y desatar. Sabemos que el ahogamiento era la forma de castigo aplicado a un poeta (bardo) de la antigua Irlanda, culpable de adulterio. A pesar de ello, el agua consiste también y sobre todo, por su valor lustral, en un símbolo de pureza pasiva; medio capaz de transmitir la revelación para los poetas en su búsqueda por obtener de este sagrado elemento la inspiración y las profecías. Según Estrabón, los druidas afirmaban que en el fin del mundo reinarían solos el agua y el fuego (elementos primordiales).

En cuanto al fuego, corresponde a un rito propio de culturas agrarias, como la celta, que los druidas veían como un medio o vía de pasaje; como los incendios de los campos que, tras las llamas, se embellecen luego con un manto verde de naturaleza viva.

Los celtas sólo consideraban tres puntos cardinales: norte (el espacio boreal); este (el nacimiento del astro rey), y sur (el esplendor de la luz y la mayor fuerza del disco solar sobre los seres vivos, animales y plantas). El oeste, sin embargo, lo ignoraban, al relacionarlo con la muerte del sol creador, que se precipitaba en las entrañas del mar; momento, según algunos autores como Estrabón, del instante mágico del crepúsculo, cuando se producía un suave chirrido, sólo perceptible a los oídos del druida, y era ocasión de celebrar sus ofrendas a la Madre Tierra, mientras permanecía de espaldas a los espacios infernales del poniente.

El pueblo celta creía en una concepción de la vida basada en el valor del individuo, su defensa de la comunidad y el honor de la guerra. Para ellos, el final de una existencia valerosa -puesto que creían en la reencarnación del alma- era culminar con una muerte heroica; después, que su cuerpo sea devorado por los buitres, y con ello, a través de estas sagradas aves, alcanzar la plenitud del Walhala, el paraíso celta.


CABEZAS HUMANAS

Para los celtas, era la cabeza el centro del espíritu de la persona, donde gravitaban y se contenían todos los sentimientos y el espíritu, y al mismo tiempo, suponía el símbolo de la fuerza y el valor guerrero del adversario, que vienen a añadirse a los del vencedor, y la decapitación garantiza de este modo la muerte física de ese adversario. La cabeza, por tanto, para el pueblo celta era objeto de prácticas y de creencias muy diversas, pero en conjunto muy homogéneas. Y es en el ámbito militar donde se concentran la mayor parte de esos juicios. La muerte, en efecto, no se conseguía, según las concepciones célticas, más que si se alcanzaban las membranas del cerebro.

En el mundo celta hay dos santuarios en los cuales se custodiaban las cabezas; estos lugares estaban situados en Irlanda y la Galia. El primero concretamente en el Ulster, en el edificio llamado La Rama Roja, donde se halla la corte  del mítico rey Conchobar; y otro, el más célebre, en Entremont. Este último, próximo a la ciudad de Aix-en-Provence (Francia), fundado en pleno apogeo de la cultura de La Tène; fue la capital de los salios hasta su destrucción por los romanos en el año 124 a.C.54


sábado, 11 de marzo de 2017

El Caldero


El caldero fue un recipiente que caracterizó a las sociedades protohistóricas del mundo occidental relacionadas con la etapa final de la Edad del Bronce, primero, y con los pueblos celtas después, aunque las primeras referencias de calderos, en bellas series, se las debemos a los urartu, pueblo rival de los escitas, que tuvo su área de influencia en los confines de Anatolia, y que potenció la escritura cuneiforme en los grandes bloques de piedra de basalto que se alzan en las proximidades del lago Van.
Para las creencias de los antiguos celtas, el caldero simbolizaba el cambio, la renovación, la consagración, la resurrección (traducido al mensaje sagrado del cristianismo: el valor del Santo Grial); como recipiente  que bulle, significaba además, el símbolo de la abundancia. No es una casualidad que en los yacimientos celtas hayan aparecido gran cantidad de calderos en sus diversas formas.
Para los mitos de la Irlanda y Gales célticas, el símbolo más poderoso de la regeneración del alma es sin duda el "Caldero de la Resurrección", que se encontraba en el bruidhen (mansión del Más Allá). Ese recipiente, siempre repleto de sabrosos manjares, era el premio al valor y, como se dice  del caldero mágico irlandés de Bendigeidfran, citado en la leyenda galesa de Bramen y estrechamente relacionado con la divinidad Dagdam era el único recipiente capaz de devolver la vida a los guerreros caídos con valor en el combate.
Es un hecho digno de destacar que la mayoría de los calderos míticos de tradición celta han aparecido en los lechos de los lagos, o ríos, considerados como espacios sagrados y puertas al Más Allá, como formas de agradecer a las divinidades las buenas cosechas en el campo, la riqueza de la cabaña de pastoreo, la abundancia de agua, o la celebración de una victoria..., probablemente por haber sido arrojados allí a modo de regalos al agua, como vehículo de la vida y elemento mediador por excelencia, en nombre de una divinidad, para que el líder del clan, tras fallecer, alcance la dicha del Más Allá en su reencarnación. El cáliz medieval, el símbolo más sagrado del cristianismo, el Santo Grial, encuentra en el caldero celta su principal referencia y simbolismo.
El caldero conlleva, por tanto un contenido cuya valoración va mucho más lejos que la puramente artesanal del objeto, porque se convierte en un elemento sanador de determinados males y, según los casos, también como sanador de almas, o la misma muerte física.



miércoles, 1 de marzo de 2017

LEYENDA CELTA: El gaitero y el leprechaun

Leprechaun

Hace ya tanto tiempo que la memoria se niega a reconocerlo, vivía en el  pueblo de Dunmore, en el condado de Galway, Irlanda, un hombre bastante falto de luces que, a pesar de su absorbente afición a la música y de ser un gaitero medianamente bueno, en su vida había sido capaz de aprender otra tonada musical que no fuera "An róg-haira dubh". Sin embargo, con ella solía hacerse de algunas monedas de los parroquianos de las tabernas, que se divertían con sus patéticos pasos de baile y las intencionadas palabras de la canción.

Una noche en que el gaitero regresaba a su morada, después de haber interpretado media docena de veces su única canción en su taberna preferida, llamada "An derugrânoniâ" (Las bellotas), la consabida carga de buen whisky irlandés en sus entrañas hizo que, al cruzar por el cementerio, quizás un poco inseguro por el entorno, presionara el fuelle de la gaita y comenzara a tocar por 
séptima vez la única canción que conocía.

Pero sus temores demostraron no ser infundados; apenas había recorrido la mitad del trayecto, cuando un leprechaun, surgido de entre las raíces de un
enorme roble, cayó sobre él y lo derribó, de tal modo que Swenû —que tal era el apodo del gaitero— quedó debajo del duende, que lo sujetaba fuertemente el cuello, apretando la gaita, que emitía un sonido quejumbroso.

—¡Malhadado seas, duende asqueroso; déjame ir a mi casa! Tengo cuatro monedas de diez peniques para entregarle a mi pobre madre, que las necesita para comprar tabaco en polvo.

—Si haces lo que yo te digo, no necesitarás preocuparte por tu madre —le dijo el leprechaun—. Ahora vamos a irnos de aquí, y si no te mantienes bien aferrado, te caerás y te romperás todos los huesos de tu cuerpo, y también se romperá la gaita, y eso será lo peor. Mientras volamos, toca el "Oinowirî" para mí.

—¡Es que no la sé!

—¡No me importa si la sabes o no! —gritó el leprechaun—; tú toca, y no te preocupes de lo demás!

El gaitero, atemorizado, llenó de aire la bolsa y comenzó a tocar, aunque sin saber muy bien qué hacer con sus dedos; sin embargo, mientras transcurrían los minutos, la música brotaba con tanta fluidez que él mismo se encontraba embelesado.

—¡Pues sí que habías resultado un buen maestro de música —dijo entonces al leprechaun—; pero dime, ¿a dónde nos dirigimos?

—Esta noche hay una importante fiesta en el castillo de la Reina Lean Bansheeen la cima de Chroagh Patrick —le informó el leprechaun—, y quiero que toques en ella; te doy mi palabra que volverás a casa bien recompensado por tus molestias.

—¡Caramba! Si va a resultar que, al final, me vas a ahorrar un viaje —dijo el gaitero—, porque resulta que el padre Arragh me puso como penitencia una ida a Chroagh Patrick por haberle robado su ganso blanco preferido el día de Beltayne.

Ya en buena connivencia, ambos viajaron juntos, con la rapidez de un relámpago, a través de montes, marismas y llanuras, hasta llegar a la cima de Chroagh Patrick; una vez frente al castillo de la Reina Banshee, el leprechaun
golpeó tres veces con sus nudillos, y el gran portón se abrió, franqueándoles el paso hacia una gran habitación. Allí, Swenû vio una enorme mesa de roble, con cientos de ancianas sentadas alrededor; una de ellas, con un porte real que la distinguía de las demás, se levantó de su sitial y dijo:

—Que tengas mil bienvenidas, leprechaun na Samhain. ¿Quién es el invitado
que has traído contigo?

—Pues, ni más ni menos que el mejor gaitero de Erín —contestó el duende. Al escuchar esto, una de las ancianas dio un golpe en la mesa, con lo cual se abrió una puerta en una de las paredes y de ella surgió, ante el estupor del gaitero, ¡el mismo ganso blanco que él había robado al padre Arragh para la fiesta de Beltayne!

—¡Por mi alma! —exclamó Swenû— . Pero si mi madre y yo mismo nos comimos
hasta el último hueso de esa ave; sólo dejamos un muslo, que mi madre le dio a
Moyrua (la pelirroja Mary), y que fue el causante de que el padre Arragh se enterara de que yo había robado su ganso.

El ganso, demostrando estar más vivo de lo que el gaitero pensaba, retiró los platos y limpió la mesa, y entonces el leprechaun dijo:

—Toca algo de música para estas agradables damas. 

La velada transcurrió sin otros incidentes, con Swenû tocando y cantando canciones que jamás había aprendido en su vida, y las ancianas damas bailando hasta que ya no pudieron dar una paso. Entonces el leprechaun dijo que había que pagar al gaitero, y todas y cada una de las banshees depositaron una moneda de oro en su bolsa.

—¡Por los dientes de San Patricio! —exclamó Swenû —. ¡Soy más rico que el hijo de un rey!

—Ven conmigo —le dijo el leprechaun—, y yo te regresaré a tu casa.

Pero en ese instante, cuando el gaitero estaba a punto de subir a las espaldas del leprechaun, el ganso que había atendido el servicio de la mesa (el mismo que él pensaba haberse comido en la fiesta de Beltayne) se acercó a él y le entregó una gaita nueva. Luego, él y el leprechaun se marcharon y, al llegar a Dunmore, el duende dejó al gaitero sobre el pequeño puente y le dijo que regresara a su casa, agregando:

—Ahora, además de algunas monedas de oro, tienes dos cosas más: ciall agus eól (conocimientos de música) y muchas canciones nuevas; aprovéchalas. 

Contento como unas pascuas, Swenû corrió hasta su casa, abrió la puerta y llamó a su madre a gritos:

—¡Déjame entrar; tengo una fortuna en mi bolso y soy el mejor gaitero de Erín!

—Como de costumbre, estás borracho —contestó la madre.

—Pues verás que no —alegó Swenû—. Da la casualidad de que, en esta ocasión, ni una gota ha pasado por mi garguero.

La mujer abrió la puerta del dormitorio y él le dio las monedas de oro. A continuación le dijo, exultante:

—Ahora espera a escuchar la música que voy a interpretar para ti.



Acunó la nueva gaita bajo su brazo y comenzó a soplar, pero, en lugar de música, se escuchó una terrible barabúnda, como si todos los gansos y patos de Irlanda estuvieran gritando al mismo tiempo. El horrible sonido despertó a los vecinos, que comenzaron a reclamarle silencio y luego a burlarse de él, cuando descubrieron que el alboroto procedía de su propia gaita.

Desesperado, cambió la nueva gaita por la vieja, y de ella surgió una melodía maravillosa que calmó como por arte de magia el enojo de sus vecinos, y cuando se hubieron sosegado, les contó con detalles todo lo sucedido aquella noche.

Al día siguiente, Swenû fue a ver al padre Arragh y le contó su historia con el leprechaun, pero el cura se negó terminantemente a aceptar una sola palabra de su relato, hasta que comenzó a tocar la gaita y los chillidos de gansos y patos amenazaron con dejarlos sordos a ambos.

—¡Vete de mi vista, ladrón de gansos! ¡No te conformas con comerte mi ave, sino que también quieres burlarte de mí!

Pero el gaitero no le hizo el menor caso, y tomó su gaita vieja, para demostrar al párroco que su relato era verídico; y en cuanto comenzó a tocar su antiguo instrumento, sonó una música maravillosa y, desde aquél día hasta que su brazo ya no tuvo fuerzas para presionar el odre de la gaita, nunca hubo en ningún condado de Erín un músico tan solicitado como Swenû, El Gaitero.



NOTAS:

1 Literalmente, "El negro bribón", tonadilla ligera, con letra subida de tono, que solían cantar los gaiteros en las tabernas, para divertir a los concurrentes.

3 Swenû: en gaélico antiguo, sonido, nota; un nombre muy utilizado para los bardos y juglares durante la Edad Media temprana.

4 Oinowirî: literalmente, "Unos pocos hombres valientes", canción guerrera que entonaban las tropas en batalla, al compás de la música de las gaitas.

5 El término banshee es una palabra compuesta por han (mujer) Y shee (hada o
duende). Es un hada solitaria que demuestra un gran cariño por los seres humanos, únicamente superado por la lean banshee, o "reine de las mujeres-hadas". La banshee es extraordinariamente longeva, y ciertas familias irlandesas han tenido una banshee que los ha protegido durante toda su historia, que les ha anunciado con sus lamentos cada muerte inminente de algún miembro del clan y que ha llorado durante meses después de cada una de ellas. Algunas veces, adopta la figura de una hermosa doncella y, otras, el de una bruja repugnante.

6 Beltayne: festividad consagrada al dios Belenos y a la Madre Suprema, o Señora del Bosque. Literalmente significa "el fuego de Bel", se conmemora durante la noche del 31 de abril al primero de mayo, y es un homenaje de agradecimiento a los dioses familiares, por haber protegido los fuegos del hogar, como así también un augurio de primavera. Es una fiesta característica de los pueblos agrícolas y pastoriles, ya que llega la fecha de la siembra y de sacar las manadas a pastar. En Alemania y algunos países anglosajones, la noche previa se conmemoraba la Noche de Walpurgis, en que se intentaba conjurar a los seres malignos que se reunían en las colinas elevadas. Los romanos asimilaron Beltayne con las Laridae, es decir, sus propias fiestas en honor a los dioses lares, protectores del hogar.

7 Literalmente, "leprechaun de Samhain", aludiendo a la festividad celta de los muertos, que es hoy festejada como Halloween. Samhain (fin del verano) fue originalmente una festividad celta de los muertos, celebrada durante la última noche del año druídico, es decir, la del 31 de octubre, precedente al Día de Todos los Santos. Hasta épocas relativamente recientes, en muchas partes de Europa existía la creencia —probablemente originada en esa festividad celta— de que, precisamente en esa noche, las brujas y hechiceros efectuaban sus peores conjuros, y se encendían grandes fuegos para mantener lejos de los hogares a los espíritus malévolos.