sábado, 11 de marzo de 2017

El Caldero


El caldero fue un recipiente que caracterizó a las sociedades protohistóricas del mundo occidental relacionadas con la etapa final de la Edad del Bronce, primero, y con los pueblos celtas después, aunque las primeras referencias de calderos, en bellas series, se las debemos a los urartu, pueblo rival de los escitas, que tuvo su área de influencia en los confines de Anatolia, y que potenció la escritura cuneiforme en los grandes bloques de piedra de basalto que se alzan en las proximidades del lago Van.
Para las creencias de los antiguos celtas, el caldero simbolizaba el cambio, la renovación, la consagración, la resurrección (traducido al mensaje sagrado del cristianismo: el valor del Santo Grial); como recipiente  que bulle, significaba además, el símbolo de la abundancia. No es una casualidad que en los yacimientos celtas hayan aparecido gran cantidad de calderos en sus diversas formas.
Para los mitos de la Irlanda y Gales célticas, el símbolo más poderoso de la regeneración del alma es sin duda el "Caldero de la Resurrección", que se encontraba en el bruidhen (mansión del Más Allá). Ese recipiente, siempre repleto de sabrosos manjares, era el premio al valor y, como se dice  del caldero mágico irlandés de Bendigeidfran, citado en la leyenda galesa de Bramen y estrechamente relacionado con la divinidad Dagdam era el único recipiente capaz de devolver la vida a los guerreros caídos con valor en el combate.
Es un hecho digno de destacar que la mayoría de los calderos míticos de tradición celta han aparecido en los lechos de los lagos, o ríos, considerados como espacios sagrados y puertas al Más Allá, como formas de agradecer a las divinidades las buenas cosechas en el campo, la riqueza de la cabaña de pastoreo, la abundancia de agua, o la celebración de una victoria..., probablemente por haber sido arrojados allí a modo de regalos al agua, como vehículo de la vida y elemento mediador por excelencia, en nombre de una divinidad, para que el líder del clan, tras fallecer, alcance la dicha del Más Allá en su reencarnación. El cáliz medieval, el símbolo más sagrado del cristianismo, el Santo Grial, encuentra en el caldero celta su principal referencia y simbolismo.
El caldero conlleva, por tanto un contenido cuya valoración va mucho más lejos que la puramente artesanal del objeto, porque se convierte en un elemento sanador de determinados males y, según los casos, también como sanador de almas, o la misma muerte física.



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