jueves, 30 de julio de 2015

La energía de las piedras


La piedra ha sido, desde los albores de la humanidad, uno de los objetos de mayor centro de culto para los pueblos tanto de Oriente como de Occidente, porque entre el alma y la piedra se establece una estrecha relación.
Los celtas, ya desde los primeros movimientos migratorios que se remontan a la Edad del Bronce, a finales del Neolítico, sintieron una profunda adoración hacia las piedras. Con ellas, la sociedad dio un cambio sustancial en su comportamiento, porque, con sus construcciones, se inició el proceso a la sedentarización de los pueblos, al tiempo que una especie de cristalización cíclica de su cultura.
Las piedras (betilos) no tardaron en ser consideradas sagradas para los celtas, convirtiéndose en centros de veneración, símbolos del centro primordial que, después de su desprendimiento del bloque matriz, se ocultaron en el seno de la tierra, para convertirse en elementos de comunicación entre el cielo, la tierra y el mundo subterráneo. Esas construcciones, que remontan su origen  a los tiempos megalíticos (dólmenes, menhires, crómlechs, etc.), desempeñaron para los celtas el nexo de unión entre la Madre Tierra y el Cosmos, y las claves sacerdotales (druidas) no dudaron en establecer en ellas, y también en sus sagrados entornos, los centros de curación y transmisión al pueblo de sus conocimientos, como lugares de poder, de fuerza telúrica. No es casualidad, por tanto, que las grandes construcciones megalíticas de la península Ibérica coincidan en el espacio con los enclaves de mayor peso de las diferentes culturas celtas, y lo mismo sucede en el resto del mundo occidental.
Los celtas se distinguieron por ser venatores lapidum (adoradores de las piedras), y, como tales, no tardarían en ser anatemizados por la iglesia. Se sabe que en el Monsacro asturiano, la capilla dedicada a la Magdalena, fue construida por los templarios sobre un dolmen, y cuenta la tradición que, desde tiempos ancestrales, se sube en peregrinación a este sagrado lugar por dos motivos: uno, adorar la piedra que sirve de base al Pozo de Santo Toribio, donde tenía su morada el anacoreta templario, y en segundo lugar, para recoger cardos, en los alrededores de la Capilla, como símbolos de la divinidad solar. Elementos, ambos, estrechamente relacionados con la cultura céltica.
En las creencias populares de los pueblos europeos de filiación celta aún se mantienen restos de la fe en los poderes de las grandes piedras. Los espacios intermedios entre los bloques de estas sagradas piedras y las rocas naturales del entorno, o bien los agujeros que en ellas aparezcan, siguen siendo considerados áreas vinculadas con los ritos de fertilidad y salud. Por ello, el dolmen, como edificio principal de esta civilización, se considera símbolo de la Gran Madre, mientras que el menhir, como piedra aislada clavada en el suelo, es una evidente manifestación masculina que fecunda a la tierra.
Por ello, ante la fuerza cósmica que irradia una piedra bruta, que encarna los principios masculino y femenino, los celtas no dudaron en establecer en estas piedras erguidas el concepto de transmisión de los saberes ocultos, al tiempo que sagrados; los campanarios de las iglesias cristianas están basados en el principio masculino de verticalidad de los menhires, mientras que el altar encarna al dolmen, como morada de residencia divina.
En diferentes lugares de las islas Británicas, la herencia celta ha mantenido unas tradiciones relacionadas con las piedras. Una de ellas es el "Pozo Mágico", de Cornualles.
La conocida "Piedra de las Caricias", es un gigantesco menhir que se alza en Holy Island, Northumberland (Inglaterra), cargado de mitos y leyendas. Según la tradición, fue el rey celta Ethelwold quien mandara erigir esa pesada mole de granito, llamada "piedra del cubo", en el término de Lindisfarne Abbey. Con el correr del tiempo, este menhir sería conocido popularmente como "Piedra de las Caricias", porque en todas las ceremonias nupciales que en aquella abadía se celebraban la novia estaba obligada a pisarla. Si no lograba dar un paso largo hasta el extremo de la piedra, el matrimonio sería desgraciado.
Lo que está claro es que ésta y otras muchas piedras -principalmente menhires- repartidas por toda la geografía occidental de incuestionable cultura céltica, eran fuentes de transmisión de poderes de fertilidad; en algunos de estos lugares, las esposas estériles y también las recién casadas debían visitar al menhir a medianoche para garantizar el embarazo; además, dormir en contacto con el menhir toda la noche, soportando el frío y la humedad del ambiente, es garantía de siete hijos.


PIEDRAS SANADORAS.- Se dice que las piedras que dejan hendiduras y espacios intermedios se utilizaban "para pasar por ellas arrastrándose"; la persona que lo hacía se desprendía, al mismo tiempo, de diferentes enfermedades o de alguna molestia. Piedras con resbaladero entallado servían, en la permanencia de las creencias de los pueblos celtas, como magia por contacto; especialmente eran utilizadas por las mujeres que se deslizaban por ellas con las posaderas desnudas, procurando con ello apoderarse de las fuerzas de la fecundidad de los "huesos de la Madre Tierra", para librarse de la maldición de la pesadilla de la esterilidad.
A la piedra, por tanto, se le atribuía la virtud de almacenar las fuerzas de la tierra y transmitirlas por contacto a las personas, y esta creencia se debe a los celtas quienes supieron valorar las energías de la Madre Tierra, para el bien del ser humano, en todos los sentidos.
En las ancestrales creencias asturianas, de origen celta, se conoce aún el término de "polvo de ara", que definía las losas de piedra de los altares -así como las losas horizontales de los dólmenes megalíticos-, tenían propiedades sagradas, incluso anticonceptivas, relacionadas con el mal de ojo, como las llamadas "piedras de azar"; por ello, se solían extraer de estas piedras una arenilla, con la cual combatir mejor las fuerzas del mal de ojo.
PIEDRAS DE LLUVIA.- Si las piedras llamadas "de rayo", que con el sílex prehistórico, eran relacionadas con la punta misma de la flecha del relámpago, veneradas y conservadas por los celtas, las piedras de lluvia suponían la personificación del espíritu petrificado de sus antepasados, como símbolos de la morada celestial; donde se hallaban en el Más Allá.
Las piedras de lluvia apaciguaban y retenían el alma de los desaparecidos, al tiempo que fertilizaban el suelo y atraían la lluvia benefactora para las tierras de labor, siendo, además, un elemento civilizador que representa a los antepasados, los dioses y los héroes tutelares. Esta fuerza espiritual hizo que las piedras de lluvia fuesen objetos de culto.



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