domingo, 27 de abril de 2014

Stonehenge


Los hombres que construyeron Stonehenge, allá por el año 1800 a.C. tuvieron una rigurosa visión temporal y espacial del universo. Por ello, después de innumerables trabajos científicos llevados a cabo en este impresionante anillo de piedras (el Sarsen Circle: círculo mágico) que se alza en el condado de Wiltshire, sobre la llanura de Salisbury, al sur de Inglaterra, no resulta nada descabellada la concepción de que nos encontremos ante un verdadero planetario de piedra trazado con la mayor precisión astronómica. Por tanto, se trata del primer calendario -pionero de los relojes solares- creado por el hombre de la Edad de Piedra del mundo occidental. El primer rayo del amanecer del 21 de junio (solsticio de verano) el astro rey se levanta exactamente sobre uno de los altares de este monumental conjunto de piedra.
La región de Wiltshine fue uno de los más importantes centros religiosos del mundo megalítico europeo, y todavía hoy mantiene aquella atmósfera de mito y leyenda; un paisaje húmedo, castigado por la erosión, que evoca el escenario en el que coincidieron los ritos de los adoradores del Sol, y luego mantenido por la civilización celta.
La primera referencia que se tiene de este monumental complejo pétreo se remonta al siglo XI, época de la realización de un viejo códice de Cambridge, en cuya lectura se atribuye al mago Merlín la construcción de esta catedral megalítica.
Stonehenge, como inmenso crómlech participa del simbolismo del círculo (proceso cíclico, totalidad, perfección) del disco, como representación del astro rey; y, al mismo tiempo, de la piedra, teofanía para la mayoría de los pueblos primitivos, asociada a los cultos de la fertilidad. En medio de este círculo interior de anillos de monolitos (menhires), el hyrmensut, o piedra del sol, el ara sagrada, sobre la cual los druidas celtas oficiaban sus ritos y ceremonias.


martes, 22 de abril de 2014

Inmortalidad del ser


Creencia principal de los druidas según la cual los muertos continuaban viviendo en otro mundo, identificado como subterráneo, donde el fallecido acompañaba a sus dioses. Es por ello que los enterramientos celtas se hacían acompañando al cadáver con toda clase de objetos cotidianos, pues su uso por parte del fallecido continuaría por siempre.

Metempsicosis


Doctrina religiosa y filosófica, también llamada de la transmigración de las almas, de acuerdo con la cual éstas se encarnan después de la muerte en otros cuerpos de mayor o menor perfección, según los méritos alcanzados en la existencia anterior.
Se tiende a identificar a la metempsicosis con la reencarnación, pero la verdad es que hay una diferencia sustancial entre ambas: la metempsicosis admite la posibilidad de que el alma humana pueda encarnarse de nuevo en seres inferiores como animales o plantas; en cambio la reencarnación postula que por ley el hombre nunca puede retroceder en la escala de la evolución y, por lo tanto, sólo puede encarnarse de nuevo en otra alma humana o ser superior.

jueves, 17 de abril de 2014

Ouroboros, la Serpiente Sagrada



Posiblemente el animal más vinculado con las fuerzas tectónicas sea la serpiente, guardiana de los secretos y tesoros ocultos; un ser de la mayor ambigüedad, símbolo del mundo subterráneo y del reino de los muertos que, para las civilizaciones antiguas, estaría relacionado con la mujer y el principio femenino. Por ello, algunos autores ven a la serpiente como la encarnación de Eva, divinidad femenina arcaica del mundo subterráneo.
La mitología celta representa constantemente a la serpiente, pero siempre en una situación triunfante, con las ondas de su cuerpo en forma de serpenteante cresta de una montaña.
La serpiente es también símbolo de fertilidad y, paradójicamente, de destrucción.
Pero sobre todas las serpientes recogidas y elevadas por la mitología céltica a una esfera superior, destaca una: Ouroboros, la Serpiente Sagrada que, en su movimiento de rotación, con tal de alcanzar su propia cola, genera el círculo, o lo que es lo mismo, el disco solar, completándose la circunferencia y, con ello, el símbolo sagrado del astro rey, como manifestación y reabsorción cíclicas. Esta figura, viejo símbolo de un dios natural destronado por el espíritu, sigue siendo una gran divinidad cosmográfica y geográfica, que, desde los tiempos antiguos, potenciado por la cultura céltica, fue grabado en la periferia de todas las primeras imágenes del mundo.
Los celtas también elevaron las aguas de los ríos a niveles divinos, cuyos cursos estuvieron estrechamente vinculados con la serpiente como portadores del agua primordial (espíritu de todas las cosas), porque, al igual que este oficio, también sus profundas moradas terrenales fueron espacios vinculados con la sustancia primordial, estableciendo, entonces, un estrecho vínculo entre las aguas y la tierra, a través de la serpiente, como nexo de unión de tales elementos. Por ello, las serpientes también personifican lluvia y agua en general, apareciendo a menudo -incluso en los mitos- como seres fabulosos con cuernos.
Son numerosas las leyendas que se mantienen sobre la serpiente relacionadas con el elemento acuático; una de ellas está relacionada con Melusina, hija del druida Merlín, casada con Lusignan, apuesto príncipe de un reino imaginario. Melusina, que había aprendido magia de su padre, era una mujer bellísima, cuyos ojos eran tan verdes que todo lo que miraba se tornaba de color verde dorado; a pesar de ello, el pueblo la veía como una princesa inmersa en una profunda melancolía, abrumada bajo el peso de una terrible fatalidad; porque, en señalados días, se convertía en serpiente reptando sobre el follaje hasta los lagos próximos en los que se bañaba. Nadie debería verla; pero un día fue sorprendida por un aldeano, y ella resultó condenada entonces a deslizarse por el lago, sumergida en sus oscuras aguas; únicamente salía al exterior, sigilosamente entre los arbustos y sobre la hierba, cuando un personaje de la familia de los Lusignan estaba en su lecho esperando la muerte.

viernes, 11 de abril de 2014

Animales sagrados celtas


Algunos animales no llegaron a ser elevados a la categoría de sagrados por los celtas, pero sí recibieron una gran admiración, por sus singulares condiciones y virtudes. Entre estos animales, debemos destacar el jabalí, representado en monedas, y en la geografía hispana esculpido en forma de verraco; el lobo y el buitre.

EL JABALÍ
Aparece en todas las leyendas célticas, tanto de Bretaña como en Irlanda, Galia, Inglaterra, Escocia o Gales, figurando siempre como animal valiente, en una jerarquía superior al dragón o monstruo primordial. Este animal se relacionaba con el poder de los druidas. Sabemos que una sacerdotisa druida de la Galia predijo a Diocleciano que éste sólo alcanzaría el poder cuando diera muerte a un jabalí; y así fue. Tiempo después, éste mató a Apro, jefe del ejército del que se sospechaba había asesinado al emperador Numeriano (año 284), siendo aclamado Diocleciano por las tropas en el mismo campo de batalla y elevado al trono de Roma.
En la imaginería céltica, aunque no consta que fuera objeto de culto propiamente dicho, se consideraba al jabalí sinónimo de combatividad, y se trataba de un animal que no dudaban en representar en sus monedas, por su significado netamente positivo. En la tradición hiperbórea, el jabalí representa con carácter primordial la autoridad espiritual, evocando el retiro solitario del druida en el bosque.
El jabalí, como el druida, se hallaba en estrecha relación con el bosque: se alimenta de la bellota de la encina; y la hembra, la jabalina, rodeada simbólicamente de sus nueve jabatos, no cesaba de escarbar la tierra al pie del manzano, el árbol de la inmortalidad. Sin embargo, para el cristianismo, el jabalí simbolizaba el demonio, probablemente por su fogosidad y paso devastador por los campos cultivados.

EL VERRACO
Animal que aparece esculpido en numerosos relieves en piedra de granito, de época céltica. Esta es, por lo demás, fundamental representación artística que le debemos a los celtas hispanos, que, aunque de trazado un tanto basto, constituye un símbolo cultural de notable importancia, que señala, además, el respeto de este pueblo por los seres vivos.
El verraco, animal a caballo entre el toro, el buey y el jabalí, representaba todo un símbolo de prosperidad para el pueblo celta, especialmente para las tribus dedicadas a la ganadería, como fueron los vettones y vacceos, principalmente. Numerosos especialistas coinciden en señalar que los verracos eran cerdos sementales, más que toros, que fueron representados, esculpidos en piedra de granito, con su correspondiente peana inferior, a modo de protectores contra los elementos y, al mismo tiempo, por su capacidad de fecundación (según los atributos que portaban), como deseo de abundancia, y una buena trashumancia en sus largos itinerarios según las época climáticas, para llevar el ganado a las tierras de pasto.

EL BUITRE
Animal sagrado para los celtas, el buitre, como intermediario entre los poderes terrenales y de la otra dimensión, era el encargado de guiar, tras la ingesta del cadáver, las almas de los difuntos al Walhala de la Iberia céltica.
El buitre al comer las entrañas de los difuntos, es un símbolo de muerte, pero, al mismo tiempo, como lo vieron los celtas, agente regenerador de las fuerza vitales que están contenidas en la descomposición orgánica; dicho de otra forma, como purificador o mago que asegura el ciclo de la renovación transmutando la muerte en nueva vida.
Los celtas no acostumbraban a enterrar a sus muertos, caídos en combate, sino que los dejaban expuestos al viento, para que los buitres devoraran sus entrañas y, en sus vientres, alcanzaran la gloria del Más Allá. La misma creencia, en este sentido, que los mazdeístas -seguidores de Zaratustra- en la antigua Persia.

EL LOBO
Animal vinculado con el mundo de ultratumba, en el ámbito de los pueblos de la Iberia céltica. Este poderoso animal con sus fauces abiertas simboliza, en la mitología celta, a la muerte; pero no una muerte cobarde, sino la que se alcanzaba tras un acto de valentía en el combate, al tiempo que devora la cabeza de un guerrero -símbolo del difunto-; es preciso volver a recordar que, para los celtas, el alma de la persona no residía en su corazón, sino en la cabeza, el miembro para ellos más sagrado y simbólico del cuerpo humano.
El lobo también guarda estrecha relación con las cofradías o hermandades de guerreros identificados con este animal de caza y combate, que forman agrupaciones regidas por el jefe de la manada o "macho dominante" (como los guerreros arcaicos europeos seguían al caudillo de su hermandad de combate -mannerbünde-), con fidelidad hasta la otra dimensión (Más Allá devotio), abrigando para sí las cualidades innatas del lobo: inteligencia, jerarquía, disciplina, agilidad, resistencia, arrojo, coordinación, ferocidad y valor.


jueves, 3 de abril de 2014

Santo Graal


Recipiente sagrado del ciclo artúrico medieval. Se decía que era la copa que usó Jesucristo en la Última Cena. También se decía que en él se recogió la sangre que manaba del costado de Cristo crucificado. Se creía también que José de Arimatea, el adinerado hombre que le dio sepultura, fue quien lo llevó a Gran Bretaña.
Conocido también como Santo Grial, durante la Edad Media se le atribuyen poderes mágicos, como curar las heridas o ser la fuente de alimento eterna, milagrosas propiedades que se derivaban claramente del caldero mágico celta, cuyo contenido concedía riquezas además del poder de la reencarnación.
Su búsqueda se convirtió en la meta de muchos caballeros, aunque sólo estaba dicho a encontrarlo un caballero de corazón puro. Parece que sir Perceval fue el primer caballero que vio el Santo Graal, aunque en versiones posteriores de la leyenda es sustituido por sir Galahad, el único digno de contemplarlo.
Sobre su verdadera forma no se sabe nada a ciencia cierta; muchos creen que era una copa, otros piensan que era un plato ancho, e incluso algunos defienden que era una piedra.
En definitiva, lo que se esconde detrás de este mito es la búsqueda de un ideal de verdad y pureza.