miércoles, 15 de marzo de 2017

Elementos mágicos de poder


Los celtas, lejos de lo que hemos estado acostumbrados a oír de ellos, fueron un conjunto de pueblos con grandes valores. Gracias a los druidas, sus sacerdotes, vestidos de blanco, la sociedad celta alcanzó un elevado nivel cultural, tanto material como espiritual, que superó, en muchos casos, a las demás civilizaciones de su tiempo.

La medicina celta es puramente empírica, basada en los elementos, siendo los encargados de practicarla los druidas, magos que utilizaban todos los métodos que le proporcionaba la naturaleza. La orina humana la empleaban para cicatrizar heridas en la piel, aplicándola con un paño de tela. A estos magos de la curación se les llamaba "ensalmadores", al tener la propiedad de sanar enfermedades por métodos sobrenaturales, que después se llamarían curanderos, dioses, sanadores, etc., en las ancestrales tradiciones asturianas. Precisamente en el Principado de Asturias, la enfermedad llamada "mal del monte", conocida popularmente como mastitis o enfermedad de los senos, se curaba por la realización de cruces con un diente de lobo. Muchas de estas curaciones alcanzaban el mayor éxito tras haberse llevado a cabo un conjuro o adivinación entre el curandero y el enfermo, a través del fuego, por ello, a estos especialistas que facilitaban el canal de comunicación con las fuerzas del Más Allá, para obtener la respuesta al mal, se los llamaba pyromantes.

La glasopeda, conocida vulgarmente como el "mal de orizo", en los pueblos y concejos asturianos, era la forma de curar mediante un conjuro de magia simpática.

Los druidas, desde sus enclaves secretos de los bosques, recogían la fuerza de cinco elementos (agua, aire, fuego, madera y tierra), para un mejor uso de las necesidades del pueblo. Entre los galos, los manantiales eran divinidades que tenían sobre todo propiedades para curar las heridas y la de reanimar a los guerreros muertos en combate. De allí resulta que el agua es milagrosa, capaz de sanar enfermedades; así también aparece como medio de purificación.

En los ritos funerarios, los druidas, para liberar al difunto de las malas influencias, y que su viaje al Más allá fuera tranquilo y seguro, el agua y el fuego eran los elementos utilizados. Con el agua lustral se apagaba un tizón ardiente sacado directamente del fuego del ara de sacrificios; cuando la persona había fallecido en su casa, se colocaba en la puerta de la misma un gran jarrón lleno de agua lustral, agua que debía ser sacada de la fuente o pozo de una vivienda en la cual no hubiese ningún difunto. Y las personas que acudían al velatorio eran rociadas al salir de ella con esta agua.


En todos los textos irlandeses, el agua es un elemento bajo la atenta custodia de los sacerdotes druidas, únicos miembros de la sociedad celta que tenían el poder de atar y desatar. Sabemos que el ahogamiento era la forma de castigo aplicado a un poeta (bardo) de la antigua Irlanda, culpable de adulterio. A pesar de ello, el agua consiste también y sobre todo, por su valor lustral, en un símbolo de pureza pasiva; medio capaz de transmitir la revelación para los poetas en su búsqueda por obtener de este sagrado elemento la inspiración y las profecías. Según Estrabón, los druidas afirmaban que en el fin del mundo reinarían solos el agua y el fuego (elementos primordiales).

En cuanto al fuego, corresponde a un rito propio de culturas agrarias, como la celta, que los druidas veían como un medio o vía de pasaje; como los incendios de los campos que, tras las llamas, se embellecen luego con un manto verde de naturaleza viva.

Los celtas sólo consideraban tres puntos cardinales: norte (el espacio boreal); este (el nacimiento del astro rey), y sur (el esplendor de la luz y la mayor fuerza del disco solar sobre los seres vivos, animales y plantas). El oeste, sin embargo, lo ignoraban, al relacionarlo con la muerte del sol creador, que se precipitaba en las entrañas del mar; momento, según algunos autores como Estrabón, del instante mágico del crepúsculo, cuando se producía un suave chirrido, sólo perceptible a los oídos del druida, y era ocasión de celebrar sus ofrendas a la Madre Tierra, mientras permanecía de espaldas a los espacios infernales del poniente.

El pueblo celta creía en una concepción de la vida basada en el valor del individuo, su defensa de la comunidad y el honor de la guerra. Para ellos, el final de una existencia valerosa -puesto que creían en la reencarnación del alma- era culminar con una muerte heroica; después, que su cuerpo sea devorado por los buitres, y con ello, a través de estas sagradas aves, alcanzar la plenitud del Walhala, el paraíso celta.


CABEZAS HUMANAS

Para los celtas, era la cabeza el centro del espíritu de la persona, donde gravitaban y se contenían todos los sentimientos y el espíritu, y al mismo tiempo, suponía el símbolo de la fuerza y el valor guerrero del adversario, que vienen a añadirse a los del vencedor, y la decapitación garantiza de este modo la muerte física de ese adversario. La cabeza, por tanto, para el pueblo celta era objeto de prácticas y de creencias muy diversas, pero en conjunto muy homogéneas. Y es en el ámbito militar donde se concentran la mayor parte de esos juicios. La muerte, en efecto, no se conseguía, según las concepciones célticas, más que si se alcanzaban las membranas del cerebro.

En el mundo celta hay dos santuarios en los cuales se custodiaban las cabezas; estos lugares estaban situados en Irlanda y la Galia. El primero concretamente en el Ulster, en el edificio llamado La Rama Roja, donde se halla la corte  del mítico rey Conchobar; y otro, el más célebre, en Entremont. Este último, próximo a la ciudad de Aix-en-Provence (Francia), fundado en pleno apogeo de la cultura de La Tène; fue la capital de los salios hasta su destrucción por los romanos en el año 124 a.C.54


sábado, 11 de marzo de 2017

El Caldero


El caldero fue un recipiente que caracterizó a las sociedades protohistóricas del mundo occidental relacionadas con la etapa final de la Edad del Bronce, primero, y con los pueblos celtas después, aunque las primeras referencias de calderos, en bellas series, se las debemos a los urartu, pueblo rival de los escitas, que tuvo su área de influencia en los confines de Anatolia, y que potenció la escritura cuneiforme en los grandes bloques de piedra de basalto que se alzan en las proximidades del lago Van.
Para las creencias de los antiguos celtas, el caldero simbolizaba el cambio, la renovación, la consagración, la resurrección (traducido al mensaje sagrado del cristianismo: el valor del Santo Grial); como recipiente  que bulle, significaba además, el símbolo de la abundancia. No es una casualidad que en los yacimientos celtas hayan aparecido gran cantidad de calderos en sus diversas formas.
Para los mitos de la Irlanda y Gales célticas, el símbolo más poderoso de la regeneración del alma es sin duda el "Caldero de la Resurrección", que se encontraba en el bruidhen (mansión del Más Allá). Ese recipiente, siempre repleto de sabrosos manjares, era el premio al valor y, como se dice  del caldero mágico irlandés de Bendigeidfran, citado en la leyenda galesa de Bramen y estrechamente relacionado con la divinidad Dagdam era el único recipiente capaz de devolver la vida a los guerreros caídos con valor en el combate.
Es un hecho digno de destacar que la mayoría de los calderos míticos de tradición celta han aparecido en los lechos de los lagos, o ríos, considerados como espacios sagrados y puertas al Más Allá, como formas de agradecer a las divinidades las buenas cosechas en el campo, la riqueza de la cabaña de pastoreo, la abundancia de agua, o la celebración de una victoria..., probablemente por haber sido arrojados allí a modo de regalos al agua, como vehículo de la vida y elemento mediador por excelencia, en nombre de una divinidad, para que el líder del clan, tras fallecer, alcance la dicha del Más Allá en su reencarnación. El cáliz medieval, el símbolo más sagrado del cristianismo, el Santo Grial, encuentra en el caldero celta su principal referencia y simbolismo.
El caldero conlleva, por tanto un contenido cuya valoración va mucho más lejos que la puramente artesanal del objeto, porque se convierte en un elemento sanador de determinados males y, según los casos, también como sanador de almas, o la misma muerte física.



miércoles, 1 de marzo de 2017

LEYENDA CELTA: El gaitero y el leprechaun

Leprechaun

Hace ya tanto tiempo que la memoria se niega a reconocerlo, vivía en el  pueblo de Dunmore, en el condado de Galway, Irlanda, un hombre bastante falto de luces que, a pesar de su absorbente afición a la música y de ser un gaitero medianamente bueno, en su vida había sido capaz de aprender otra tonada musical que no fuera "An róg-haira dubh". Sin embargo, con ella solía hacerse de algunas monedas de los parroquianos de las tabernas, que se divertían con sus patéticos pasos de baile y las intencionadas palabras de la canción.

Una noche en que el gaitero regresaba a su morada, después de haber interpretado media docena de veces su única canción en su taberna preferida, llamada "An derugrânoniâ" (Las bellotas), la consabida carga de buen whisky irlandés en sus entrañas hizo que, al cruzar por el cementerio, quizás un poco inseguro por el entorno, presionara el fuelle de la gaita y comenzara a tocar por 
séptima vez la única canción que conocía.

Pero sus temores demostraron no ser infundados; apenas había recorrido la mitad del trayecto, cuando un leprechaun, surgido de entre las raíces de un
enorme roble, cayó sobre él y lo derribó, de tal modo que Swenû —que tal era el apodo del gaitero— quedó debajo del duende, que lo sujetaba fuertemente el cuello, apretando la gaita, que emitía un sonido quejumbroso.

—¡Malhadado seas, duende asqueroso; déjame ir a mi casa! Tengo cuatro monedas de diez peniques para entregarle a mi pobre madre, que las necesita para comprar tabaco en polvo.

—Si haces lo que yo te digo, no necesitarás preocuparte por tu madre —le dijo el leprechaun—. Ahora vamos a irnos de aquí, y si no te mantienes bien aferrado, te caerás y te romperás todos los huesos de tu cuerpo, y también se romperá la gaita, y eso será lo peor. Mientras volamos, toca el "Oinowirî" para mí.

—¡Es que no la sé!

—¡No me importa si la sabes o no! —gritó el leprechaun—; tú toca, y no te preocupes de lo demás!

El gaitero, atemorizado, llenó de aire la bolsa y comenzó a tocar, aunque sin saber muy bien qué hacer con sus dedos; sin embargo, mientras transcurrían los minutos, la música brotaba con tanta fluidez que él mismo se encontraba embelesado.

—¡Pues sí que habías resultado un buen maestro de música —dijo entonces al leprechaun—; pero dime, ¿a dónde nos dirigimos?

—Esta noche hay una importante fiesta en el castillo de la Reina Lean Bansheeen la cima de Chroagh Patrick —le informó el leprechaun—, y quiero que toques en ella; te doy mi palabra que volverás a casa bien recompensado por tus molestias.

—¡Caramba! Si va a resultar que, al final, me vas a ahorrar un viaje —dijo el gaitero—, porque resulta que el padre Arragh me puso como penitencia una ida a Chroagh Patrick por haberle robado su ganso blanco preferido el día de Beltayne.

Ya en buena connivencia, ambos viajaron juntos, con la rapidez de un relámpago, a través de montes, marismas y llanuras, hasta llegar a la cima de Chroagh Patrick; una vez frente al castillo de la Reina Banshee, el leprechaun
golpeó tres veces con sus nudillos, y el gran portón se abrió, franqueándoles el paso hacia una gran habitación. Allí, Swenû vio una enorme mesa de roble, con cientos de ancianas sentadas alrededor; una de ellas, con un porte real que la distinguía de las demás, se levantó de su sitial y dijo:

—Que tengas mil bienvenidas, leprechaun na Samhain. ¿Quién es el invitado
que has traído contigo?

—Pues, ni más ni menos que el mejor gaitero de Erín —contestó el duende. Al escuchar esto, una de las ancianas dio un golpe en la mesa, con lo cual se abrió una puerta en una de las paredes y de ella surgió, ante el estupor del gaitero, ¡el mismo ganso blanco que él había robado al padre Arragh para la fiesta de Beltayne!

—¡Por mi alma! —exclamó Swenû— . Pero si mi madre y yo mismo nos comimos
hasta el último hueso de esa ave; sólo dejamos un muslo, que mi madre le dio a
Moyrua (la pelirroja Mary), y que fue el causante de que el padre Arragh se enterara de que yo había robado su ganso.

El ganso, demostrando estar más vivo de lo que el gaitero pensaba, retiró los platos y limpió la mesa, y entonces el leprechaun dijo:

—Toca algo de música para estas agradables damas. 

La velada transcurrió sin otros incidentes, con Swenû tocando y cantando canciones que jamás había aprendido en su vida, y las ancianas damas bailando hasta que ya no pudieron dar una paso. Entonces el leprechaun dijo que había que pagar al gaitero, y todas y cada una de las banshees depositaron una moneda de oro en su bolsa.

—¡Por los dientes de San Patricio! —exclamó Swenû —. ¡Soy más rico que el hijo de un rey!

—Ven conmigo —le dijo el leprechaun—, y yo te regresaré a tu casa.

Pero en ese instante, cuando el gaitero estaba a punto de subir a las espaldas del leprechaun, el ganso que había atendido el servicio de la mesa (el mismo que él pensaba haberse comido en la fiesta de Beltayne) se acercó a él y le entregó una gaita nueva. Luego, él y el leprechaun se marcharon y, al llegar a Dunmore, el duende dejó al gaitero sobre el pequeño puente y le dijo que regresara a su casa, agregando:

—Ahora, además de algunas monedas de oro, tienes dos cosas más: ciall agus eól (conocimientos de música) y muchas canciones nuevas; aprovéchalas. 

Contento como unas pascuas, Swenû corrió hasta su casa, abrió la puerta y llamó a su madre a gritos:

—¡Déjame entrar; tengo una fortuna en mi bolso y soy el mejor gaitero de Erín!

—Como de costumbre, estás borracho —contestó la madre.

—Pues verás que no —alegó Swenû—. Da la casualidad de que, en esta ocasión, ni una gota ha pasado por mi garguero.

La mujer abrió la puerta del dormitorio y él le dio las monedas de oro. A continuación le dijo, exultante:

—Ahora espera a escuchar la música que voy a interpretar para ti.



Acunó la nueva gaita bajo su brazo y comenzó a soplar, pero, en lugar de música, se escuchó una terrible barabúnda, como si todos los gansos y patos de Irlanda estuvieran gritando al mismo tiempo. El horrible sonido despertó a los vecinos, que comenzaron a reclamarle silencio y luego a burlarse de él, cuando descubrieron que el alboroto procedía de su propia gaita.

Desesperado, cambió la nueva gaita por la vieja, y de ella surgió una melodía maravillosa que calmó como por arte de magia el enojo de sus vecinos, y cuando se hubieron sosegado, les contó con detalles todo lo sucedido aquella noche.

Al día siguiente, Swenû fue a ver al padre Arragh y le contó su historia con el leprechaun, pero el cura se negó terminantemente a aceptar una sola palabra de su relato, hasta que comenzó a tocar la gaita y los chillidos de gansos y patos amenazaron con dejarlos sordos a ambos.

—¡Vete de mi vista, ladrón de gansos! ¡No te conformas con comerte mi ave, sino que también quieres burlarte de mí!

Pero el gaitero no le hizo el menor caso, y tomó su gaita vieja, para demostrar al párroco que su relato era verídico; y en cuanto comenzó a tocar su antiguo instrumento, sonó una música maravillosa y, desde aquél día hasta que su brazo ya no tuvo fuerzas para presionar el odre de la gaita, nunca hubo en ningún condado de Erín un músico tan solicitado como Swenû, El Gaitero.



NOTAS:

1 Literalmente, "El negro bribón", tonadilla ligera, con letra subida de tono, que solían cantar los gaiteros en las tabernas, para divertir a los concurrentes.

3 Swenû: en gaélico antiguo, sonido, nota; un nombre muy utilizado para los bardos y juglares durante la Edad Media temprana.

4 Oinowirî: literalmente, "Unos pocos hombres valientes", canción guerrera que entonaban las tropas en batalla, al compás de la música de las gaitas.

5 El término banshee es una palabra compuesta por han (mujer) Y shee (hada o
duende). Es un hada solitaria que demuestra un gran cariño por los seres humanos, únicamente superado por la lean banshee, o "reine de las mujeres-hadas". La banshee es extraordinariamente longeva, y ciertas familias irlandesas han tenido una banshee que los ha protegido durante toda su historia, que les ha anunciado con sus lamentos cada muerte inminente de algún miembro del clan y que ha llorado durante meses después de cada una de ellas. Algunas veces, adopta la figura de una hermosa doncella y, otras, el de una bruja repugnante.

6 Beltayne: festividad consagrada al dios Belenos y a la Madre Suprema, o Señora del Bosque. Literalmente significa "el fuego de Bel", se conmemora durante la noche del 31 de abril al primero de mayo, y es un homenaje de agradecimiento a los dioses familiares, por haber protegido los fuegos del hogar, como así también un augurio de primavera. Es una fiesta característica de los pueblos agrícolas y pastoriles, ya que llega la fecha de la siembra y de sacar las manadas a pastar. En Alemania y algunos países anglosajones, la noche previa se conmemoraba la Noche de Walpurgis, en que se intentaba conjurar a los seres malignos que se reunían en las colinas elevadas. Los romanos asimilaron Beltayne con las Laridae, es decir, sus propias fiestas en honor a los dioses lares, protectores del hogar.

7 Literalmente, "leprechaun de Samhain", aludiendo a la festividad celta de los muertos, que es hoy festejada como Halloween. Samhain (fin del verano) fue originalmente una festividad celta de los muertos, celebrada durante la última noche del año druídico, es decir, la del 31 de octubre, precedente al Día de Todos los Santos. Hasta épocas relativamente recientes, en muchas partes de Europa existía la creencia —probablemente originada en esa festividad celta— de que, precisamente en esa noche, las brujas y hechiceros efectuaban sus peores conjuros, y se encendían grandes fuegos para mantener lejos de los hogares a los espíritus malévolos.

domingo, 26 de febrero de 2017

LEYENDA CELTA: Las hadas de Knockgrafton



Hace ya muchísimos años, tantos que no podría contarlos, en la fértil tierra de Lough Neagh1 existió un hombre muy, pero muy pobre, que vivía en una humilde choza, a la orilla del río Bann, cuyas aguas turbulentas bajan de las sombrías laderas de los montes Anthrim.
Lushmore,2 a quien habían apodado así los lugareños, a causa de que siempre llevaba en su alto sombrero de rafia una pequeña rama de muérdago, como la que los leprechauns3 ponen en las hebillas de los suyos, tenía sobre su espalda una gran joroba, que prácticamente lo doblaba en dos, como si una mano gigante hubiera arrollado su cuerpo hacia arriba y se lo hubiera colocado sobre los hombros. Tal era el peso de ese enorme apósito de carne, que cuando el pobre Lushmore estaba sentado —y lo estaba casi todo el tiempo, pues sus flacas piernas apenas podían sostener su cuerpo—, quedaba doblado por la cintura, con su pecho apoyado sobre sus muslos, única manera de sostener el peso de su giba.
Si bien la gente de los alrededores lo trataba con deferencia, pues su trabajo de maestro mimbrero era muy cotizado en la zona, corrían ciertas historias sobre él, quizás provocadas por la envidia de sus magníficas labores, y los lugareños tenían cierta disposición a evitarlo cuando se cruzaban en algún lugar solitario ya que, aunque la pobre criatura era tan inofensiva como un bebé de pecho, su deformidad era tan grande que asustaba a sus vecinos, que apenas podían considerarlo un ser humano. De él se decía, por ejemplo, que tenía un gran dominio de la magia, y que podía mezclar pócimas y brebajes, y preparar encantamientos para enloquecer a un hombre, aunque lo cierto es que nunca nadie lo había comprobado personalmente.
Lo cierto es que Lushmore poseía unas manos realmente mágicas para trenzar todo tipo de juncos y mimbres, para tejer cestas y sombreros, y cuando no se encontraba sentado en su insólita posición, solía recorrer los alrededores, recogiendo los materiales que luego transformaba en verdaderas obras de arte, o marchando en su pequeña carreta hacia las ciudades vecinas, para vender el fruto de su trabajo.
Y así fue que en una ocasión, cuando regresaba de la ribera del río Main, donde solía recoger la mayoría de su materia prima, y se dirigía a la ciudad de Killead conuna carga de canastos, como el pequeño Lushmore caminaba muy despacio porculpa de su enorme joroba, se había hecho ya completamente de noche cuando llegó al viejo túmulo de Knockgrafton, un lugar que la mayoría de los aldeanos evitaban por las noches.
Lushmore se sentía agotado por la caminata, y al pensar que aún le quedaban varias horas por delante, decidió sentarse bajo el túmulo para descansar un rato y, para entretenerse, se puso a contemplar el rostro de la luna, que lo observaba solemnemente entre las ramas de un añoso roble.
Repentinamente, llegaron a sus oídos los extraños acordes de una misteriosa canción, y el jorobado comprendió inmediatamente que jamás había escuchado una melodía tan fascinante como aquélla. Sonaba como un coro de infinitas voces, donde cada uno de sus integrantes cantara en un tono diferente, pero sus voces se armonizaban unas con otras de tal forma que parecía que salieran de una sola garganta. Escuchando con atención, Lushmore pronto pudo distinguir la letra de la canción que constaba de sólo cuatro palabras que se repetían tres veces: "Da Luan, Da Mort; Da Luan, Da Mort; Da Luan, Da Mort";4 luego se producía una pausa y la tonadilla comenzaba de nuevo.
Lushmore escuchaba con el alma puesta en sus oídos y apenas respiraba por el temor a perder un sólo compás. Pronto comprendió que la canción provenía desde dentro del túmulo y, aunque al principio la música lo había ensimismado, con el paso del tiempo la letanía comenzó a aburrirlo, así que, aprovechando el intervalo que se producía después de las tres repeticiones de Da Luan, Da Mort, introdujo, con la misma melodía, las palabras "augus Da Dardeen"; luego siguió entonando Da Luan, Da Mort junto con las voces misteriosas y, cuando se produjo nuevamente la pausa, volvió a introducir su propio augus Da Dardeen.


Las hadas de Knockgrafton —porque no eran de otros las voces que entonaban aquella melodía— se maravillaron tanto al escuchar aquel agregado a su canción, que inmediatamente decidieron salir a buscar al genio cuyo talento musical hacía palidecer al de ellas; y así el pequeño Lushmore fue llevado hacia el interior del túmulo, a la velocidad de un tornado.
Una maravillosa vista acompañó su caída, mientras que la más excelsa de lasmúsicas acariciaba sus oídos con cada uno de sus movimientos. Al llegar a su destino, la reina de las hadas y su séquito le depararon el más glorioso de los recibimientos, dándole una calurosa bienvenida, que llenó de gozo su corazón, y poniéndolo a la cabeza del coro; luego fue atendido a cuerpo de rey por una multitud de sirvientes y, en general, lo trataron como si fuera el hombre más importante del mundo.
Algo más tarde, mientras descansaba de su copioso banquete, Lushmore notó que las hadas se trababan en una ardorosa deliberación y, a pesar de la forma en que lo habían tratado, comenzó a sentir cierto temor hasta que la reina se acercó a él y le dijo:

¡Lushmore, Lushmore,
desecha todo temor,
esa giba que te aqueja
ya no te dará más dolor!
¡Mira al suelo y la verás
caerse con gran fragor!

Tan pronto como el hada pronunció estas palabras, el jorobado se sintió repentinamente tan leve y grácil que pensó que podría volar como los pájaros, o saltar a la luna de un solo brinco. Con inmenso placer escuchó un gran golpe y, cuando miró hacia abajo, vio la joroba caída a sus pies, como una masa de carne informe. Entonces intentó hacer lo que nunca había hecho en su vida: levantó la cabeza con precaución, temeroso de golpearse contra el techo de la habitación en que se encontraba —tan alto le parecía ser ahora y miró a su alrededor, admirando el panorama que se extendía, desde una altura desde la cual nunca había contemplado escenario alguno. Abrumado por las nuevas sensaciones queexperimentaba, sintió que la cabeza le daba vueltas y más vueltas, y una nube pareció descender sobre sus ojos, hasta que cayó en un sueño profundo y, cuando despertó, se encontró tendido sobre la hierba, cerca del túmulo de Knockgrafton, al interior del cual las hadas lo habían llevado volando la noche anterior.
Al abrir los ojos, pudo ver que ya era de día, el sol brillaba cálidamente en el cielo y los pájaros cantaban en las ramas del roble que se extendían sobre su cabeza.
Su primera acción, luego de decir sus oraciones, fue llevar la mano a su espalda, para tantear su joroba y, al no encontrarla, se sintió transportado por la alegría, porque se había convertido en un hombre gallardo y elegante; más aún, al contemplarse en las aguas del Lough Neagh se vio vestido con ropas nuevas, que hasta eso habían hecho las hadas por él.
Recogió su mercadería, que estaba prolijamente acomodada sobre una de las piedras del túmulo, y reinició su interrumpido camino hacia Killead, ágil como una gacela y con un paso tan airoso como si toda su vida hubiera sido maestro de danzas. Al llegar a la ciudad, ninguno de los vecinos pareció reconocerlo sin su joroba, y le resultó difícil demostrarles que era el mismo Lushmore, el maestro mimbrera, que venía a entregarles sus pedidos.

No hace falta adelantar que no pasó demasiado tiempo antes de que la noticia de la desaparición de la giba de Lushmore corriera como reguero de pólvora por Killead y todos los pueblos cercanos, y que de todos ellos se acercaron a su choza multitudes de curiosos, a contemplar el milagro. Y así fue que una mañana, estando el mimbrero sentado frente a la puerta de su cabaña, trabajando con sus mimbres, una anciana se acercó a él y le pidió si podía indicarle el camino hacia Capagh, porque debía entrevistarse con un tal Lushmore, que allí vivía.
 —No necesito indicarle nada, mi buena señora —respondió el aludido— porque usted ya está en Capagh y, para mayor precisión, le diré que se encuentra usted en presencia de la persona que está buscando.
Me he llegado hasta aquí —agregó entonces la mujer— desde Mallow Fermoy, en el condado de Waterford, a muchos días de camino, porque oí decir que a ti las hadas te han quitado la joroba. Es que el hijo de una hija mía tiene una giba que va a causarle la muerte y quizás, si pudiera utilizar el mismo encantamiento que tú, se podría salvar. Así que te suplico que me enseñes el hechizo para tratar de curarlo.
Estas palabras conmovieron profundamente a Lushmore, que siempre había sido un hombre sensible, y le contó a la anciana todos los detalles de su aventura; cómo había agregado sus compases a la canción de las hadas de Knockgrafton y había sido transportado por ellas al interior del túmulo, cómo le había sido quitada mágicamente la joroba y cómo le habían regalado incluso un traje nuevo.
La mujer le agradeció sinceramente su relato y partió inmediatamente, con gran alivio en su corazón y ansiosa por poner en práctica las enseñanzas del maestro mimbrero. Una vez que hubo regresado a la casa de su nieto, cuyo nombre era Jack Madden, narró todo lo que había escuchado y, sin pérdida de tiempo, pusieron al pequeño jorobado sobre una carreta y emprendieron el camino hacia Knockgrafton. Era un largo viaje, pero a la anciana y su hija no les importaba, mientras que el muchacho fuera liberado de su deformidad.
Algunos días después, llegaron al túmulo, justo a la caída de la noche, dejaron al joven cerca de la entrada y se retiraron a una prudente distancia; lo que ni la madre ni la abuela tuvieron en cuenta fue que el jorobado, resentido por su deformidad, era un sujeto taimado y maligno, que gustaba de torturar a los animales y arrancarles las alas a los pájaros vivos y que, además, no tenía ni el más mínimo talento musical; pero eso es bastante comprensible, si consideramos que se trataba de su hijo y de su nieto, respectivamente.
No había pasado mucho tiempo desde que dejaran al joven jorobado cerca del túmulo, cuando éste comenzó a oír una suave melodía proveniente del túmulo que sonaba quizás más dulce que la que había escuchado Lushmore, ya que las hadas habían incorporado su agregado: "Da Luan, Da Morí; Da Luan, Da Morí; Da Luan, Da Morí, augus Da Dardeen" , aunque esta vez no había pausa alguna, ya que las palabras del trenzado llenaban el espacio vacío.
Jack Madden, para quien su único propósito era liberarse de su giba, no prestó la menor atención a la canción de las hadas, ni buscó el momento ni el tono musical adecuado para introducir su propia variante, sino que lo hizo una octava más alta de lo que los intérpretes lo hacían. Así que, tan pronto como comenzaron a cantar, irrumpió, sin importarle el ritmo ni el tiempo, con su frase "augus da Dardeen, augus da Hena", pensando que, si con un solo día de la semana, Lushmore había obtenido un traje, él probablemente obtendría dos.
Desafortunadamente, tan pronto como las palabras hubieron brotado de sus labios, fue elevado por los aires y precipitado al interior de la fosa, como su antecesor pero, a diferencia de aquél, las hadas comenzaron a congregarse a su alrededor, chillando, gritando y gruñendo:
¿Quién es el que osa arruinar nuestra canción?
Hasta que una de ellas se acercó al joven, separándose del resto, y dijo:
¡Jack Madden! Tu interrupción ha arruinado la canción que entonábamos con toda nuestra dedicación. Has profanado nuestro santuario, burlándote de nosotras, y mereces ser castigado severamente. ¡Por ello, desde ahora, llevarás dos jorobas en vez de una!
Alrededor de veinte de ellas —tan gráciles y pequeñas eran— trajeron la giba de Lushmore y la colocaron entre los hombros de Jack, encima de la suya propia, donde quedó tan fija como si hubiera sido clavada con clavos de seis pulgadas por un maestro carpintero. Luego echaron al desdichado del túmulo y cuando, por la mañana, su madre y su abuela lo vinieron a buscar, encontraron al joven medio muerto, tendido junto a la puerta del hillfort.5 ¡Imaginen su espanto y sudesesperación! Pero a pesar de su dolor, no se atrevieron a decir nada, por temor a que las hadas les pusieran otra joroba a cada una.
Y así regresaron con Jack Madden a su casa, con sus corazones y sus almas tan abatidos como nunca antes. Pero podían haberse ahorrado el esfuerzo; a causa del peso de la nueva joroba, sumado al anterior, y el trajín del largo y penoso viaje, Jack murió poco antes de llegar a su hogar. Sin embargo, al morir, sus dos jorobas desaparecieron misteriosamente. En las noches, junto al fuego, las ancianas cuentan a sus nietos que aquella terrible maldición fue llevada por las hadas de vuelta a Knockgrafton, ¡esperando a cualquiera que vaya a escuchar o intente interferir de nuevo el canto de las hadas de Knockgrafton!6



NOTAS:

1  Literalmente, "Lago Azul".

2 Lushmore, en gaélico, significa literalmente "dedal", y se aplica a los sombreros de los leprechauns (véase nota 3), por su forma.

3 El término leprechaun, literalmente "zapatero de un solo zapato", define a un elfo, es decir una de las múltiples divisiones de los seres elementales: elfos, gnomos, hadas, duendes, ninfas, etc. Son oriundos de Irlanda, bajos, de cuerpo rechoncho, nariz muy colorada y cara arrugada como la de un anciano. Su vestimenta incluye una chaqueta verde, un ancho cinturón y un sombrero alto con una gran ala redonda y una cinta con una hebilla en el frente, donde colocan una rama de muérdago (véase Hadas y duendes celtas, de esta misma colección).

4 Da Luan, Da Mort, augus Da Dardeen, en gaélico, literalmente "lunes, martes y también miércoles". Da Hena significa "jueves". Esta traducción corresponde a la  versión de William Butler Yeats, mientras que Douglas Hyde relata haber escuchado esta leyenda en Connaught, con las palabras Peean peean daw pecan, peean go leh agus leffin, que significan: "Un penique, un penique, dos peniques; un penique y medio, y medio penique".

5 Del inglés hill = colina y fort, abreviatura de fortificación o fuerte.

6 Este mismo mabinogi (cuento, leyenda, relato) ha sido adaptado por W. Carleton como Los duendes de Knockgrafton, en que los personajes de la "gente pequeña" son duendes, en lugar de hadas.

domingo, 24 de abril de 2016

Esus


Esus era el dios galo de los bosques, considerado por los pueblos celtas como el leñador divino, que se aparece en ocasiones cortando la leña con la que alimentar las hogueras para los sacrificios.

En la batalla era un asesino violento y sanguinario. Había la costumbre de sacrificar prisioneros de guerra en su honor, a los que se acuchillaba por la espalda, aunque se creía que le complacía más que los ahorcaran en un árbol. Los druidas leían las convulsiones del sacrificado, con las que profetizaban futuros acontecimientos.

Se le asociaba a Teutates y Taranis, formando así una terrible triada divina de la muerte y la oscuridad. Su esposa Rosmerta, era la diosa del fuego, la abundancia y la muerte.



sábado, 22 de agosto de 2015

La orina, fármaco natural


Gracias a varios autores clásicos se conoce la importancia que la orina tenía para las personas del grupo familiar, tanto como dentífrico, para la limpieza bucal, como para el aseo personal.
El enjuagado de la boca y el lavado de los dientes, tarea que los pueblos de la cultura castreña del noroeste peninsular realizaban a diario, era algo habitual de los celtas hispanos. La orina se recogía en recipientes, de tres o cuatro cazoletas abiertas en un bloque de piedra de granito, y era dejado al aire libre para que se oxigenara, para luego ser utilizado, a la mañana siguiente, en el aseo personal del clan familiar.
Además, la orina también era utilizada para la limpieza de la piel, labor que realizaba la mujer, con un paño, en el cuerpo del esposo, de los hijos y demás miembros de la familia, proporcionando, con ello, una limpieza integral de los poros, la curación de alguna herida y la revitalización del flujo sanguíneo de la dermis, al tiempo que la brillantez del cuerpo.
Al destacar los pueblos celtas de la antigua Iberia por su aseo y escrupulosa limpieza en alimentos y vestidos, a nadie puede extrañar, por tanto, que entre ellos estuviese generalizado el hábito cotidiano de lavarse los dientes y también el resto del cuerpo con orina, uso que, en definitiva consideraban beneficioso para su salud.


jueves, 30 de julio de 2015

La energía de las piedras


La piedra ha sido, desde los albores de la humanidad, uno de los objetos de mayor centro de culto para los pueblos tanto de Oriente como de Occidente, porque entre el alma y la piedra se establece una estrecha relación.
Los celtas, ya desde los primeros movimientos migratorios que se remontan a la Edad del Bronce, a finales del Neolítico, sintieron una profunda adoración hacia las piedras. Con ellas, la sociedad dio un cambio sustancial en su comportamiento, porque, con sus construcciones, se inició el proceso a la sedentarización de los pueblos, al tiempo que una especie de cristalización cíclica de su cultura.
Las piedras (betilos) no tardaron en ser consideradas sagradas para los celtas, convirtiéndose en centros de veneración, símbolos del centro primordial que, después de su desprendimiento del bloque matriz, se ocultaron en el seno de la tierra, para convertirse en elementos de comunicación entre el cielo, la tierra y el mundo subterráneo. Esas construcciones, que remontan su origen  a los tiempos megalíticos (dólmenes, menhires, crómlechs, etc.), desempeñaron para los celtas el nexo de unión entre la Madre Tierra y el Cosmos, y las claves sacerdotales (druidas) no dudaron en establecer en ellas, y también en sus sagrados entornos, los centros de curación y transmisión al pueblo de sus conocimientos, como lugares de poder, de fuerza telúrica. No es casualidad, por tanto, que las grandes construcciones megalíticas de la península Ibérica coincidan en el espacio con los enclaves de mayor peso de las diferentes culturas celtas, y lo mismo sucede en el resto del mundo occidental.
Los celtas se distinguieron por ser venatores lapidum (adoradores de las piedras), y, como tales, no tardarían en ser anatemizados por la iglesia. Se sabe que en el Monsacro asturiano, la capilla dedicada a la Magdalena, fue construida por los templarios sobre un dolmen, y cuenta la tradición que, desde tiempos ancestrales, se sube en peregrinación a este sagrado lugar por dos motivos: uno, adorar la piedra que sirve de base al Pozo de Santo Toribio, donde tenía su morada el anacoreta templario, y en segundo lugar, para recoger cardos, en los alrededores de la Capilla, como símbolos de la divinidad solar. Elementos, ambos, estrechamente relacionados con la cultura céltica.
En las creencias populares de los pueblos europeos de filiación celta aún se mantienen restos de la fe en los poderes de las grandes piedras. Los espacios intermedios entre los bloques de estas sagradas piedras y las rocas naturales del entorno, o bien los agujeros que en ellas aparezcan, siguen siendo considerados áreas vinculadas con los ritos de fertilidad y salud. Por ello, el dolmen, como edificio principal de esta civilización, se considera símbolo de la Gran Madre, mientras que el menhir, como piedra aislada clavada en el suelo, es una evidente manifestación masculina que fecunda a la tierra.
Por ello, ante la fuerza cósmica que irradia una piedra bruta, que encarna los principios masculino y femenino, los celtas no dudaron en establecer en estas piedras erguidas el concepto de transmisión de los saberes ocultos, al tiempo que sagrados; los campanarios de las iglesias cristianas están basados en el principio masculino de verticalidad de los menhires, mientras que el altar encarna al dolmen, como morada de residencia divina.
En diferentes lugares de las islas Británicas, la herencia celta ha mantenido unas tradiciones relacionadas con las piedras. Una de ellas es el "Pozo Mágico", de Cornualles.
La conocida "Piedra de las Caricias", es un gigantesco menhir que se alza en Holy Island, Northumberland (Inglaterra), cargado de mitos y leyendas. Según la tradición, fue el rey celta Ethelwold quien mandara erigir esa pesada mole de granito, llamada "piedra del cubo", en el término de Lindisfarne Abbey. Con el correr del tiempo, este menhir sería conocido popularmente como "Piedra de las Caricias", porque en todas las ceremonias nupciales que en aquella abadía se celebraban la novia estaba obligada a pisarla. Si no lograba dar un paso largo hasta el extremo de la piedra, el matrimonio sería desgraciado.
Lo que está claro es que ésta y otras muchas piedras -principalmente menhires- repartidas por toda la geografía occidental de incuestionable cultura céltica, eran fuentes de transmisión de poderes de fertilidad; en algunos de estos lugares, las esposas estériles y también las recién casadas debían visitar al menhir a medianoche para garantizar el embarazo; además, dormir en contacto con el menhir toda la noche, soportando el frío y la humedad del ambiente, es garantía de siete hijos.


PIEDRAS SANADORAS.- Se dice que las piedras que dejan hendiduras y espacios intermedios se utilizaban "para pasar por ellas arrastrándose"; la persona que lo hacía se desprendía, al mismo tiempo, de diferentes enfermedades o de alguna molestia. Piedras con resbaladero entallado servían, en la permanencia de las creencias de los pueblos celtas, como magia por contacto; especialmente eran utilizadas por las mujeres que se deslizaban por ellas con las posaderas desnudas, procurando con ello apoderarse de las fuerzas de la fecundidad de los "huesos de la Madre Tierra", para librarse de la maldición de la pesadilla de la esterilidad.
A la piedra, por tanto, se le atribuía la virtud de almacenar las fuerzas de la tierra y transmitirlas por contacto a las personas, y esta creencia se debe a los celtas quienes supieron valorar las energías de la Madre Tierra, para el bien del ser humano, en todos los sentidos.
En las ancestrales creencias asturianas, de origen celta, se conoce aún el término de "polvo de ara", que definía las losas de piedra de los altares -así como las losas horizontales de los dólmenes megalíticos-, tenían propiedades sagradas, incluso anticonceptivas, relacionadas con el mal de ojo, como las llamadas "piedras de azar"; por ello, se solían extraer de estas piedras una arenilla, con la cual combatir mejor las fuerzas del mal de ojo.
PIEDRAS DE LLUVIA.- Si las piedras llamadas "de rayo", que con el sílex prehistórico, eran relacionadas con la punta misma de la flecha del relámpago, veneradas y conservadas por los celtas, las piedras de lluvia suponían la personificación del espíritu petrificado de sus antepasados, como símbolos de la morada celestial; donde se hallaban en el Más Allá.
Las piedras de lluvia apaciguaban y retenían el alma de los desaparecidos, al tiempo que fertilizaban el suelo y atraían la lluvia benefactora para las tierras de labor, siendo, además, un elemento civilizador que representa a los antepasados, los dioses y los héroes tutelares. Esta fuerza espiritual hizo que las piedras de lluvia fuesen objetos de culto.



miércoles, 15 de julio de 2015

Druida


El druida -palabra cuyo origen etimológico significa "el hombre de roble"- señala su vinculación con el hábitat de los bosques; otros autores, en cambio, consideran que el término responde  a distinto origen y lo interpretan como "los muy sabios". El mismo Julio César, en sus Crónicas de la guerra de las Galias (VI, 13), supo distinguir muy bien a este influyente grupo como un cuerpo cohesionado, claramente diferenciado del estamento aristocrático de la sociedad céltica de la Galia. Estrabón relaciona, en cierto modo, a los druidas, bardos y vates, como integrantes del sacerdocio de estos pueblos.
Entre los antiguos celtas, el druida era miembro de la clase alta sacerdotal, estrechamente ligado a poder político y religioso, y considerado depositario del saber sagrado. Además de chamanes y videntes, eran consejeros legales y morales. El período de formación duraba un mínimo  de veinte años, en los que memorizaban los misterios y las leyes. 
Fueron numerosas e importantes las funciones que desarrollaron los druidas; entre las cuales, en su dimensión religiosa, se encontraba velar por las cosas divinas, además de la celebración de sacrificios a los dioses, tanto de carácter público como privado; igualmente eran responsables de impartir justicia, a través de unos conocimientos que recibían del Más Allá, según las creencias del pueblo, basados en una ciencia ancestral que tenía como fuente la Naturaleza, en todas sus dimensiones. A ellos también les ocupaba el orden del tiempo, la cuarta dimensión, que sacralizaban en las ceremonias que llevaban a cabo en los lugares de poder, mirando al cosmos, mientras predecían solsticios y equinoccios, desde plataformas naturales (montañas sagradas y rocas monumentales), observación que les permitía elaborar los calendarios y la determinación de los días fastos o nefastos.
Las asambleas de los druidas se celebraban en los bosques. Se sabe además, que la autoridad del druida estaba muchas veces por encima de la del rey (tenía el derecho de hablar antes que aquél), y cuya elección solía reglamentar y orientar. El más famoso de todos fue Merlín, sabio consejero de Arturo. La mitología celta cuenta también con otros dotados druidas como Amergín y Cathbad, que eran bardos profetas y consejeros de reyes y de jefes. Algunos vivían como ermitaños en los bosques, pero sin perder por ello poder en la sociedad celta. Aunque solían ayudar a los mortales, algunas hadas maléficas como Morgana o Nimue hicieron uso de sus poderes sobrenaturales, manipulando a los hombres para sus propios fines.
Julio César habla de las escuelas druídicas donde gran cantidad de su saber se memorizaba en verso en un entrenamiento que a menudo duraba veinte años. Estudiaban astronomía, el universo, el mundo, filosofía moral y los dioses. Muchas lecciones se presentaban como acertijos. También realizaban sacrificios, algunas de estas ceremonias envolvían víctimas animales y humanas, metidas en trabajos de paja que luego se quemaban.
Pero todo este poder y, en particular, por los profundos conocimientos que contaban, los druidas de la Galia fueron sangrientamente perseguidos por los romanos, como recuerda Jean Markele: "Cuando Roma extendió su imperio sobre todo el Mediterráneo y parte de Europa occidental, se tuvo cuidado de eliminar todo lo que pudiese dañar su estructura sociocultural. Esto es evidente en los países celtas: los romanos persiguieron a los druidas hasta que desaparecieron de la Galia y, posteriormente, de Britannia. Los druidas representaban una amenaza absoluta para el estado romano porque su ciencia y filosofía contradecían peligrosamente la ortodoxia romana. Los romanos eran materialistas, los druidas, espirituales. Para los romanos, el estado era una estructura monolítica extendida sobre unos territorios deliberadamente organizados en una jerarquía. Para los druidas era un orden moral libremente aceptado con una idea central completamente mítica. Los romanos basaban su ley  en la propiedad privada de la tierra, con derechos de propiedad enteramente concentrados en el cabeza de familia, mientras que los druidas siempre consideraron la propiedad como algo colectivo. Los romanos consideraron a las mujeres portadoras de niños y objetos de placer, mientras que los druidas incluían a las mujeres en su vida política y religiosa. Se puede entender así cuán seriamente se vio amenazado el orden romano por el subversivo pensamiento de los celtas, a pesar de que nunca se expresó abiertamente. La facilidad de los romanos para librarse de las élites galas y britanas siempre se consideró asombrosa, pero no se tiene en cuenta que se trataba de una cuestión de vida o muerte para la sociedad romana." A pesar de ello, Julio César tuvo que recurrir al oráculo de un druida, Diviciaco, a quien, como agradecimiento por sus predicciones sobre la guerra que el romano estaba llevando a cabo en los pueblos galos, nombró consejero.
Los druidas y demás miembros del estamento sacerdotal de la Galia eran seleccionados de las capas altas de la sociedad, que estaban exentas de impuestos, además de no participar en los combates; pero sí podían exhortar al pueblo a tomar las armas. Esta posición de prestigio de la clase sacerdotal, los profundos conocimientos que atesoraban y la valentía que mostraba en situaciones difíciles animaron a muchas familias a confiar en los druidas la educación de sus hijos. El aprendizaje de lo más arduo, podía prolongarse incluso veinte años; se llevaba a cabo en los espacios profundos de los bosques, a la sombra de un roble, o bien en el interior de un recinto rodeado de piedras, en planta ovalada que recordaba la quilla de una embarcación. Los innumerables conocimientos que recibían los alumnos debían ser memorizados, al estar prohibido ponerlos por escrito, incrementando, aún más, el carácter esotérico de tales saberes. Muchas lecciones se presentaban como acertijos. También realizaban sacrificios, algunas de estas ceremonias envolvían víctimas animales y humanas, metidas en trabajos de paja que luego se quemaban.
En muchos lugares de Irlanda se podían ver, como reliquias de antiguos tiempos, grandes piedras planas sobre pilares de piedra. Sobre estos altares los druidas realizaban sus sacrificios antiguamente, y ejecutaban sus machos cabríos, toros, y sus carneros, a la vez que los druidas se arrodillaban recibiendo la sangre de sus víctimas sobre sus cuerpos, para lavar sus pecados. Las pieles de estos animales que sacrificaban servían para realizar conjuros y realizar la "geasa" (magia) contra los demonios. También esta magia podían realizarla mirando su propia imagen en el  agua, u observando fijamente las nubes del cielo, o escuchando silenciosamente el ruido del viento o el canto de los pájaros. Pero cuando todo esto fallaba, entonces tenían que realizar lo más supremo, que consistía en hacer círculos con zarzas poniendo encima las patas traseras de los animales ofrecidos en sacrificio, y con sus poderes mágicos llamaban a los demonios para obtener información.
Los druidas de la Galia solían reunirse una vez al año, para la fiesta de Shamain, o bien en el solsticio de verano, en el drunemeton de los Carnutes, situado en donde actualmente se encuentra la ciudad de Chartres (que posee la más famosa de las catedrales góticas de Francia, cuyo laberinto evoca, al mismo tiempo, el sagrado bosque de robles, en los cuales impartían su doctorado los druidas galos). Los druidas defendían la transmigración de las almas -creencias que también abrigaban los cátaros medievales-; de esta forma, los sacerdotes celtas inculcaban en el pueblo el desprecio a la muerte, especialmente a los guerreros que iban al combate. El drualismo galo no desapareció en la batalla de Alesia, sino que se mantuvo latente incluso bajo dominio romano, interviniendo en todo momento para exhortar a la resistencia indígena contra los invasores.
En la mitología celta de Irlanda, que alcanza hasta el mundo medieval, el concepto de druida es igualmente notable, al tratarse de un personaje del mayor prestigio, tanto en el ámbito social como político. Sobre él recaía toda la responsabilidad de la entronización de los monarcas. El druida irlandés debía velar por la educación de los jóvenes procedentes de los grupos aristocráticos, también, como consejero real, y protegido con una coraza, acudía a los combates. Los druidas de Irlanda tenían la facultad de la adivinación, mediante la observación del firmamento, interpretando el estado de las nubes, o bien lanzando augurios. Según la dirección y forma tomados por las llamas de un fuego encendido por ellos con ramas de fresno (el árbol sagrado de los templarios); igualmente tenían la facultad de adivinar el futuro interpretando los sueños. Se ha confirmado la existencia de sacerdotisas entre los druidas irlandeses.
Se han encontrado interesantes evidencias que confirmarían la presencia de druidas en los pueblos de la Iberia céltica.

DRUIDAS CAUSÍDICOS
Encargados de impartir justicia. Actuaban como intermediarios en los conflictos.

DRUIDAS SARÓNIDOS
Poseedores del conocimiento científico, que solían transmitirlo a los jóvenes discípulos.

DRUIDAS VACÍOS
Los únicos druidas que se relacionaban con los dioses. Funcionaban como intermediarios entre éstos y los hombres. Tenían conocimiento de la naturaleza y sabían extraer de ella todo el saber posible: sobre astronomía, medicina, etc. Se puede decir que eran los sabios. Actuaban como sacerdotes en los rituales y, posiblemente, eran quienes llevaban a cabo también los sacrificios humanos que se practicaban. Mantenían la creencia de la vida y la muerte y la migración de las almas.


domingo, 12 de julio de 2015

Bardo

En los antiguos tiempos célticos, poeta lírico al que se le atribuía una gran importancia. Su principal función era cantar las alabanzas de su rey acompañado de instrumentos semejantes a las liras. Estas canciones incluían poemas de elogio y también sátiras. Al contrario que sus homólogos del mundo clásico, los bardos celtas no conservaban por escrito sus mitos y poemas, sino que los transmitían oralmente de maestro a alumno




miércoles, 1 de julio de 2015

Bel (Belenus)

Dios galo que simbolizaba la luz del Sol. Su propio nombre significa "Brillante". Su brillo permitía curar las heridas. En la fiesta de Beltene, a comienzos del verano, se adoraba encendiendo hogueras y llevando el ganado hasta ellas para que les protegiera de las enfermedades. A dichas hogueras las llamaban Los fuegos de Bel y simbolizaban los rayos de Sol. Con ellas veneraban al dios para que éste les concediera un productivo verano.
Los romanos lo identificaron con Apolo.
Conocido también como Belenus fue adorado en la Galia y norte de la península Ibérica. A veces aparecen otros sobrenombres que se refieren a él., como: Vindios, Albius o Vinturos.
Es conocido por Beli entre los galeses, y por Bel, Beul, Beleros o Beli entre los irlandeses.